Recientemente ví la película Conclave. Como era de esperarse, la trama está impregnada de complejos matices políticos. Sin embargo, lo que más capturó mi atención fue el trato y el lugar que se le otorga a las religiosas en la historia: figuras destinadas a servir a los hombres de altos rangos e, incluso, presentadas como objetos en ciertos momentos.
El machismo, lamentablemente, sigue vigente y cobra un precio muy alto en los ámbitos social, económico y psicológico. Esta actitud, a veces invisible, domina la vida cotidiana, distorsiona las relaciones entre hombres y mujeres, y continúa sembrando malentendidos y resentimientos en ambas partes.
Es importante comprender que las mujeres no son las únicas víctimas. Este tipo de conductas puede dirigirse hacia cualquier persona, sin importar su género, y es replicado tanto por hombres como por mujeres. El machismo se manifiesta en todas las áreas de la comunidad: en la gestión de nuestras emociones, en el entorno laboral y en la intimidad del hogar.
El Alto Costo Social, Económico y Psicológico del Machismo
El machismo construye roles de género rígidos, limitantes e ineficientes. Modificarlos es una tarea urgente para sanar y mejorar nuestros vínculos laborales, familiares y sociales. El hecho de que un ser humano sea relegado a un papel secundario en el hogar, el trabajo o la toma de decisiones, repercute directamente en el bienestar colectivo.
Este fenómeno tiene una incidencia cada vez mayor en la productividad, la competitividad, la salud, la educación y la política. En muchos rincones del mundo, las niñas y mujeres aún no acceden a las mismas oportunidades educativas. Sostener la premisa de que existen “cosas de hombres” y “cosas de mujeres” nos reduce a todos a la mitad de nuestro potencial como seres humanos, generando un costo social altísimo.
La autodevaluación, la soberbia y el rechazo al diálogo complementan este esquema hostil. Es importante recalcar que las raíces que entrelazan estas conductas suelen ser invisibles; no se reconocen y se replican de forma automática dentro de las familias y las culturas.
A veces, el machismo se manifiesta apenas con una mirada, un gesto o una sutil falta de atención. Del otro lado, la persona se siente disminuida, retada o ignorada, consolidando así una relación de profunda desigualdad.
El machismo se define como el conjunto de creencias, actitudes y conductas que polarizan los sexos, contraponiendo lo masculino y lo femenino de manera excluyente.
Esta polarización da origen a un estilo de vida que fractura los vínculos personales. A través de él, se establecen roles exclusivos que limitan a las personas a ciertas áreas de estudio, profesiones o emociones, anulando su individualidad. De este modo, hombres y mujeres dejan de ser aliados para convertirse en rivales que intentan cambiarse mutuamente, un juego en el que nadie gana y que nos empobrece por igual.
Al ser una forma de relación basada en la desigualdad, aprendemos estas conductas y dinámicas de poder desde la infancia. Sin embargo, hoy la sociedad nos muestra otra cara de la moneda: los roles están transformándose y los modelos parentales se adaptan a un entorno donde las brechas son cada vez más visibles e intolerables.
El problema de fondo radica en la oposición violenta entre lo masculino y lo femenino, una tensión que daña a hombres, mujeres, niños y niñas en todos los niveles. En su lugar, deberíamos hablar de complementariedad y de respeto a las capacidades individuales, restableciendo el valor intrínseco de la humanidad sin resaltar diferencias que solo generan subordinación.
Para profundizar en cómo el machismo se transforma en violencia, es útil analizarlo no como un evento aislado, sino como un proceso gradual de pérdidas y erosión humana. Desde una perspectiva tanatológica, la violencia es la manifestación externa de un dolor, un miedo o una frustración que no se ha sabido procesar, sostenida por una estructura cultural que valida el dominio de un ser sobre otro.
La transición de la ideología machista hacia la violencia explícita sigue un camino predecible que se puede desglosar en las siguientes etapas:
El Camino de la Polarización a la Violencia
1. La deshumanización del otro (La pérdida de la alteridad)
El primer paso hacia la violencia no es un golpe, sino una idea. Cuando el machismo etiqueta y encasilla a las personas en roles rígidos (el hombre como proveedor/dominante y la mujer como servidora/sumisa), se despoja al otro de su individualidad. Al ver a la otra persona no como un igual, sino como un objeto, un rol o una propiedad, se anula la empatía. Es mucho más fácil ejercer violencia sobre un "objeto" o un "rol que no está cumpliendo su deber" que sobre un ser humano legítimo.
2. El miedo a la pérdida del control y del poder
Aquí entra un factor psicológico y tanatológico crucial: el miedo. El machismo educa a los hombres bajo la falsa premisa de que su valor depende del control que ejercen sobre su entorno, sus emociones y las personas a su alrededor.
Cuando el mundo cambia, los roles se transforman o el otro reclama su autonomía, el pensamiento machista lo interpreta como una amenaza directa a su identidad.
Ante la incapacidad de gestionar esa frustración y el miedo a "perder el control", la respuesta automática es el uso de la fuerza —física, psicológica o económica— como un mecanismo desesperado para restaurar el orden perdido.
3. La escalada de las microviolencias (Lo invisible se vuelve físico)
El machismo puede manifestarse en una mirada o un gesto. Estas son las llamadas microviolencias o micromachismos. El problema es que la violencia es progresiva. Cuando la sociedad naturaliza que se ignore, se minimice o se desvalorice a alguien por su género, se pavimenta el camino para agresiones mayores. Lo que empieza como un chiste despectivo o el control del dinero, si no se detiene, escala hacia el aislamiento, el insulto, la agresión física y, en el extremo más doloroso, el feminicidio o el crimen de odio.
Las Tres Dimensiones del Daño: El Impacto de la Violencia Machista
El machismo no se limita a la agresión física; erosiona la vida humana en múltiples niveles de forma simultánea. A continuación, desglosamos las tres dimensiones fundamentales donde este fenómeno destruye la identidad y la seguridad:
1. Dimensión Emocional y Psicológica
Cómo se manifiesta: A través de humillaciones constantes, gaslighting (estrategias para hacer dudar a la víctima de su propia cordura), aislamiento social mediante el control de amistades y restricciones en la forma de vestir.
El Costo Humano y Tanatológico: Muerte en vida. La persona experimenta una pérdida progresiva y dolorosa de su autoestima, su autonomía y su identidad esencial. Bajo este esquema, el ser humano simplemente sobrevive, pero deja de vivir de forma auténtica.
2. Dimensión Económica y Patrimonial
Cómo se manifiesta: Mediante la prohibición explícita o implícita de trabajar, el control absoluto y centralizado de los ingresos familiares, y la destrucción intencional de bienes u objetos personales con valor sentimental o material.
El Costo Humano y Tanatológico: Dependencia forzada. Se violenta gravemente el derecho al libre desarrollo y a la autosuficiencia. Esto atrapa a la persona en un ciclo de vulnerabilidad donde el futuro se percibe como una pérdida constante de opciones y libertad.
3. Dimensión Física y Sexual
Cómo se manifiesta: Desde golpes directos e intimidación ambiental (romper objetos, golpear paredes para asustar), hasta el uso de la fuerza o la coacción en la intimidad, reduciendo al otro a una sutil cosificación.
El Costo Humano y Tanatológico: Fractura del refugio seguro. El propio cuerpo y el hogar —que por naturaleza deberían ser espacios de máxima seguridad y paz— se transforman de golpe en territorios de trauma, duelo congelado y peligro constante.
La paradoja tanatológica del agresor: El machismo también violenta a quien lo ejerce. Al prohibirle al hombre la vulnerabilidad, el llanto, el miedo o el duelo legítimo, lo amputa emocionalmente. Un ser humano que no puede procesar su dolor de forma sana, tarde o temprano, lo vierte hacia afuera en forma de hostilidad. El machismo convierte las emociones no gestionadas en armas.
El Cambio Empieza en Casa: Fomentando la Igualdad desde la Infancia
La equidad de género implica que tanto hombres como mujeres gocemos de las mismas oportunidades en el día a día; se trata de construir un espacio donde habite el respeto mutuo y un ambiente óptimo para el desarrollo de todos. Despertar a esta consciencia es una tarea que comienza desde el hogar y a través de nuestra propia formación individual. El cambio real germina en casa, en el núcleo familiar, donde enseñamos y aprendemos a relacionarnos con los otros desde el respeto, la dignidad y la verdadera igualdad.
Movernos hacia la complementaridad y el respeto, no es solo una postura política; es una necesidad de salud mental y social. Es la única forma de detener este ciclo de duelos innecesarios y construir vínculos donde nadie tenga que someter al otro para reafirmar quién es.
Rompiendo el Ciclo de la Violencia: Comprender y Prevenir el Comportamiento Agresivo
Dinámicas de Poder y Abuso: Reconociendo las Señales en la Pareja
Marcela Barrera
